domingo, 15 de febrero de 2026

CUARESMA 2026

 



MENSAJE PARA LA CUARESMA 2026




domingo, 1 de febrero de 2026

MANOS UNIDAS: CAMPAÑA 2026





MANOS UNIDAS: ¿QUÉ ES Y QUÉ HACE?

Manos Unidas es la Asociación de la Iglesia Católica en España para la ayuda promoción y desarrollo de los países más empobrecidos, que da vida a las palabras de Jesucristo: "Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber". En 1959 lanzó la primera Campaña contra el Hambre de pan, de Dios y de cultura.

Es también una Organización No Gubernamental de Desarrollo, de voluntarios, católica y seglar.

Su misión es luchar contra la pobreza, el hambre, la desigualdad... buscando erradicar las causas estructurales que las producen.

Lo hace mediante actividades de educación para el desarrollo: charlas, cursos de formación, campañas de sensibilización, ya través de proyectos de cooperación al desarrollo, trabajando codo con codo, con las comunidades locales del sur a las que acompaña.

¿QUÉ PRETENDE?

  • Sensibilizar a la comunidad cristiana e invitar a compartir vida, experiencia y bienes con los hermanos más necesitados, colaborando para hacer realidad el sueño de Dios: que todos tengamos una vida digna.
  • Ofrecer a catequistas y formadores, recursos para un proceso de conversión que ayude al compromiso con una economía centrada en la persona y al bien común, que comparta la prosperidad frente a una economía que mata y que alimenta el hambre y la desigual dad Apostamos por el destino universal de los bienes tomando conciencia de la responsabilidad que tenemos en la perpetuación de las estructuras de pecado y de la necesidad de transformarla para hacer real el principio de dignidad que nos iguala a todos como seres hijos de Dios.


ACTIVIDAD: LAS CINCO FÓRMULAS MÁGICAS



JESÚS DE NAZARET: EL MENSAJE DE JESÚS

El Reino de Dios

El mensaje central del evangelio es la proclamación y llegada del Reino de Dios. El Reino de Dios es la Buena Noticia que ha traído Jesús a la humanidad para salvarla del pecado, del mal y de la muerte. El Reino es también un proyecto que comienza en esta vida y tiene su plena realización al final de los tiempos y en el otro mundo.

Para entrar a formar parte del Reino es necesario convertirse, cambiar de vida y orientarla hacia Jesús. La conversión se produce cuando nuestra vida queda orientada hacia Dios, rechazando la servidumbre de este mundo: el dinero. «Nadie puede servir a dos amos; porque odiará a uno y querrá a otro, o será fiel a uno y al otro no le hará caso. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). La vida de aquellos que han optado por el Reino viven los valores que encarnó Jesús como son el amor, la confianza en Dios, el perdón, la misericordia, la paciencia, la oración, la generosidad, la verdad, rechazo de la injusticia, opción por la pobreza, etc., y se comprometen a entregarse, al igual que Él, por una humanidad nueva, con el fin de crear un mundo más justo y más humano.

Las parábolas

Para enseñar y explicar el mensaje del Reino, Jesús contaba parábolas. La parábola es un relato que utiliza imágenes de la vida cotidiana, de la familia, del campo, del trabajo, de la sociedad... es decir, del mundo y experiencia que conocían aquellas gentes, tratando de establecer una relación entre la imagen utilizada y el mensaje.

La parábola tiene como finalidad transmitir una enseñanza y hacer reflexionar a las gentes para que cambien sus vidas y sigan los valores del Reino para entrar en él. El lenguaje era tan sencillo que incluso un niño podía comprenderlo. Las personas que escuchaban las parábolas de Jesús se sentían obligadas, aunque no quisieran, a tomar posición sobre su persona y sobre su misión, ya que no son simples historias. Las parábolas están llenas del Misterio de Dios.

Las Bienaventuranzas

El proyecto y proclamación que Jesús hace del Reino lo hallamos en las Bienaventuranzas. En ellas encontramos las condiciones para que el Reino se realice y la felicidad que se conseguirá, como meta de la existencia humana.

Las Bienaventuranzas son la Buena Noticia de que Dios viene a salvar y liberar a los más necesitados y desfavorecidos de la sociedad. A ellos se les llama felices no porque su situación sea dichosa, sino en cuanto que esa situación que padecen está proyectada a un futuro lleno de esperanza.

La bienaventuranza es un compromiso. Optar por el Reino de Dios es optar por la justicia y rechazar la injusticia, la ambición del poder. Es optar por la generosidad, la igualdad, la libertad y la hermandad de todos.

Los milagros de Jesús

La realización del Reino de Dios se hizo presente en cada uno de los gestos que realizó Jesucristo a lo largo de toda su vida. Una de esas obras son los milagros. La predicación de Jesús iba siempre acompañada de acciones para hacer el bien a todos los que estaban a su lado, sobre todo a los más necesitados como eran los pobres y los enfermos. Con ellos realizó multitud de prodigios y milagros. Los apóstoles describieron de esta forma a Jesús: «Jesús de Nazaret fue el hombre a quien Dios acreditó ante vosotros con los milagros, prodigios y señales que realizó por medio de él entre vosotros, como bien sabéis» (Hch 2,22).

Los milagros son los signos del Reino de Dios. Con la realización de los milagros, Jesús nos está haciendo ver que el Reino de Dios se está realizando. Es decir, que el desorden y todos los males que introdujo el pecado van a terminar y se va a instaurar de nuevo el orden que Dios había establecido en la creación. Con Jesús se inaugura un nuevo orden de cosas, una nueva creación. Vistos así, los milagros son "signos" del Reino, el cumplimiento de los bienes prometidos por los profetas. El tiempo se ha cumplido. Jesús demuestra con su vida que se está realizando lo que decía el profeta Isaías. Esta es la respuesta de Jesús a los que le preguntaban si Él era el mesías: «ld y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva» (Mt 11,4-5).

Los milagros nos invitan a creer en Jesús (Jn 10,38), se realizan en aquellos que tienen fe en Él (Mt 5,25-34), no son actos mágicos que busquen la fama, el hacerse rico o el prestigio y lo que persiguen es la liberación de la injusticia (Lc 19,8), de la enfermedad y la muerte (Mt 11,5) y sobre todo de la esclavitud del pecado, que es la raíz de todos los males. "Yo os aseguro que todo el que comete pecado es esclavo del pecado. (...) Por eso, si el Hijo os da la libertad, seréis verdaderamente libres» (Jn 8,34-36)". Por eso la victoria de Jesús sobre el mal que le asedia al hombre es el comienzo del fin del reino del maligno y el anticipo de la victoria de los justos que se realizará plenamente al final de los tiempos.

Pero los milagros, aunque tienen su origen en Jesús, no terminan con Él, ya que el poder y la gracia de Dios permaneció en sus discípulos cuando éstos recibieron el Espíritu Santo.

Los milagros son la proclamación de la justicia divina y el grito de alegría de todos los que esperaban y esperan verse libres de toda clase de males, enfermedades, fuerzas naturales adversas (Mt 8,25; Lc 14,30), de los demonios (Lc 8,36), de la muerte.


lunes, 19 de enero de 2026

JORNADA MUNDIAL POR LA PAZ 2026

 La paz esté con todos ustedes:
hacia una paz “desarmada y desarmante”

“¡La paz esté contigo!”.

Este antiquísimo saludo, que sigue siendo habitual en muchas culturas, en la tarde de Pascua se llenó de nuevo vigor en labios de Jesús resucitado. «¡La paz esté con ustedes!» ( Jn 20,19.21) es su palabra, que no sólo desea, sino que realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad. Por eso, los sucesores de los Apóstoles dan voz cada día y en todo el mundo a la más silenciosa revolución: “¡La paz esté con ustedes!”. Desde la tarde de mi elección como Obispo de Roma he querido incorporar mi saludo en este anuncio coral. Y deseo reafirmarlo: «Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente». [1]

La paz de Cristo resucitado

El que venció a la muerte y derribó el muro que separaba a los seres humanos (cf. Ef 2,14) es el Buen Pastor, que da la vida por el rebaño y que tiene muchas ovejas que no son del redil (cf. Jn 10,11.16): Cristo, nuestra paz. Su presencia, su don, su victoria resplandecen en la perseverancia de muchos testigos, por medio de los cuales la obra de Dios continúa en el mundo, volviéndose incluso más perceptible y luminosa en la oscuridad de los tiempos.

El contraste entre las tinieblas y la luz, en efecto, no es sólo una imagen bíblica para describir el parto del que está naciendo un mundo nuevo; es una experiencia que nos atraviesa y nos sorprende según las pruebas que encontramos, en las circunstancias históricas en las que nos toca vivir. Ahora bien, ver la luz y creer en ella es necesario para no hundirse en la oscuridad. Se trata de una exigencia que los discípulos de Jesús están llamados a vivir de modo único y privilegiado, pero que, por muchos caminos, sabe abrirse paso en el corazón de cada ser humano. La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”. En este horizonte nos ha introducido el Resucitado. Con este presentimiento viven los que trabajan por la paz que, en el drama de lo que el Papa Francisco ha definido como “tercera guerra mundial a pedazos”, siguen resistiendo a la contaminación de las tinieblas, como centinelas de la noche.

Lamentablemente lo contrario —es decir, olvidar la luz— es posible; entonces se pierde el realismo, cediendo a una representación parcial y distorsionada del mundo, bajo el signo de las tinieblas y del miedo. Hoy no son pocos los que llaman realistas a las narraciones carentes de esperanza, ciegas ante la belleza de los demás, que olvidan la gracia de Dios que trabaja siempre en los corazones humanos, aunque estén heridos por el pecado. San Agustín exhortaba a los cristianos a entablar una amistad indisoluble con la paz, para que, custodiándola en lo más íntimo de su espíritu, pudieran irradiar en torno a sí su luminoso calor. Él, dirigiéndose a su comunidad, escribía así: «Tened la paz, hermanos. Si queréis atraer a los demás hacia ella, sed los primeros en poseerla y retenerla. Arda en vosotros lo que poseéis para encender a los demás». [2]

Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino. Aunque sea combatida dentro y fuera de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella. Es un principio que guía y determina nuestras decisiones. Incluso en los lugares donde sólo quedan escombros y donde la desesperación parece inevitable, hoy encontramos a quienes no han olvidado la paz. Así como en la tarde de Pascua Jesús entró en el lugar donde se encontraban los discípulos, atemorizados y desanimados, de la misma manera la paz de Cristo resucitado sigue atravesando puertas y barreras con las voces y los rostros de sus testigos. Es el don que permite que no olvidemos el bien, reconocerlo vencedor, elegirlo de nuevo juntos.

Una paz desarmada

Poco antes de ser arrestado, en un momento de gran intimidad, Jesús dijo a los que estaban con Él: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo». E inmediatamente agrega: «¡No se inquieten ni teman!» (Jn 14,27). La turbación y el temor podían referirse, ciertamente, a la violencia que pronto se abatiría sobre Él. Más profundamente, los Evangelios no esconden que lo que desconcertó a los discípulos fue su respuesta no violenta; un camino al que todos, empezando por Pedro, se opusieron, pero en el cual el Maestro pidió que lo siguieran hasta el final. El camino de Jesús sigue siendo motivo de turbación y de temor. Y Él repite con firmeza a quien quisiera defenderlo: «Envaina tu espada» (Jn 18,11; cf. Mt 26,52). La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque desarmada fue su lucha, dentro de circunstancias históricas, políticas y sociales precisas. Los cristianos, juntos, deben hacerse proféticamente testigos de esta novedad, recordando las tragedias de las que tantas veces se han hecho cómplices. La gran parábola del juicio universal invita a todos los cristianos a actuar con misericordia, siendo conscientes de ello (cf. Mt 25,31-46). Y, al hacerlo, encontrarán a su lado hermanos y hermanas que, por distintos caminos, han sabido escuchar el dolor ajeno y se han liberado interiormente del engaño de la violencia.

Aunque hoy no son pocas las personas de corazón dispuesto a la paz, un gran sentimiento de impotencia las invade ante el curso de los acontecimientos, cada vez más incierto. Ya san Agustín, en efecto, señalaba una paradoja particular: «Es más difícil alabar la paz que poseerla. En efecto, si queremos alabarla, deseamos las fuerzas para ello, buscamos los pensamientos y pesamos las palabras; por el contrario, si queremos poseerla, la tenemos y poseemos sin trabajo alguno». [3]

Cuando tratamos la paz como un ideal lejano, terminamos por no considerar escandaloso que se le niegue, e incluso que se haga la guerra para alcanzarla. Pareciera que faltan las ideas justas, las frases sopesadas, la capacidad de decir que la paz está cerca. Si la paz no es una realidad experimentada, para custodiar y cultivar, la agresividad se difunde en la vida doméstica y en la vida pública. En la relación entre ciudadanos y gobernantes se llega a considerar una culpa el hecho de que no se nos prepare lo suficiente para la guerra, para reaccionar a los ataques, para responder a las agresiones. Mucho más allá del principio de legítima defensa, en el plano político dicha lógica de oposición es el dato más actual en una desestabilización planetaria que va asumiendo cada día mayor dramatismo e imprevisibilidad. No es casual que los repetidos llamamientos a incrementar el gasto militar y las decisiones que esto conlleva sean presentados por muchos gobernantes con la justificación del peligro respecto a los otros. En efecto, la fuerza disuasiva del poder y, en particular, de la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y en el dominio de la fuerza. «La consecuencia —como ya escribía san Juan XXIII acerca de su tiempo— es clara: los pueblos viven bajo un perpetuo temor, como si les estuviera amenazando una tempestad que en cualquier momento puede desencadenarse con ímpetu horrible. No les falta razón, porque las armas son un hecho. Y si bien parece difícilmente creíble que haya hombres con suficiente osadía para tomar sobre sí la responsabilidad de las muertes y de la asoladora destrucción que acarrearía una guerra, resulta innegable, en cambio, que un hecho cualquiera imprevisible puede de improviso e inesperadamente provocar el incendio bélico». [4]

Pues bien, en el curso del 2024 los gastos militares a nivel mundial aumentaron un 9,4% respecto al año anterior, confirmando la tendencia ininterrumpida desde hace diez años y alcanzando la cifra de 2.718 billones de dólares, es decir, el 2,5% del PIB mundial. [5] Por si fuera poco, hoy parece que se quiera responder a los nuevos desafíos, no sólo con el enorme esfuerzo económico para el rearme, sino también con un reajuste de las políticas educativas; en vez de una cultura de la memoria, que preserve la conciencia madurada en el siglo XX y no olvide a sus millones de víctimas, se promueven campañas de comunicación y programas educativos, en escuelas y universidades, así como en los medios de comunicación, que difunden la percepción de amenazas y transmiten una noción meramente armada de defensa y de seguridad.

Sin embargo, «el verdadero amante de la paz ama también a los enemigos de ella». [6] Así recomendaba san Agustín que no se destruyeran los puentes ni se insistiera en el registro del reproche, prefiriendo el camino de la escucha y, en cuanto sea posible, el encuentro con las razones de los demás. Hace sesenta años, el Concilio Vaticano II se concluía con la conciencia de un diálogo urgente entre la Iglesia y el mundo contemporáneo. En particular, la Constitución Gaudium et spes centraba la atención en la evolución de la práctica bélica: «El riesgo característico de la guerra contemporánea está en que da ocasión a los que poseen las recientes armas científicas para cometer tales delitos y con cierta inexorable conexión puede empujar las voluntades humanas a determinaciones verdaderamente horribles. Para que esto jamás suceda en el futuro, los obispos de toda la tierra reunidos aquí piden con insistencia a todos, principalmente a los jefes de Estado y a los altos jefes del ejército, que consideren incesantemente tan gran responsabilidad ante Dios y ante toda la humanidad». [7]

Al reiterar el llamamiento de los Padres conciliares y estimando la vía del diálogo como la más eficaz a todos los niveles, constatamos cómo el ulterior avance tecnológico y la aplicación en ámbito militar de las inteligencias artificiales hayan radicalizado la tragedia de los conflictos armados. Incluso se va delineando un proceso de desresponsabilización de los líderes políticos y militares, con motivo del creciente “delegar” a las máquinas decisiones que afectan la vida y la muerte de personas humanas. Es una espiral destructiva, sin precedentes, del humanismo jurídico y filosófico sobre el cual se apoya y desde el que se protege cualquier civilización. Es necesario denunciar las enormes concentraciones de intereses económicos y financieros privados que van empujando a los estados en esta dirección; pero esto no basta, si al mismo tiempo no se fomenta el despertar de las conciencias y del pensamiento crítico. La Encíclica Fratelli tutti presenta a san Francisco de Asís como ejemplo de este despertar: «En aquel mundo plagado de torreones de vigilancia y de murallas protectoras, las ciudades vivían guerras sangrientas entre familias poderosas, al mismo tiempo que crecían las zonas miserables de las periferias excluidas. Allí Francisco acogió la verdadera paz en su interior, se liberó de todo deseo de dominio sobre los demás, se hizo uno de los últimos y buscó vivir en armonía con todos». [8] Es una historia que quiere continuar en nosotros, y que requiere que unamos esfuerzos para contribuir recíprocamente a una paz desarmante, una paz que nace de la apertura y de la humildad evangélica.

Una paz desarmante

La bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño. El misterio de la Encarnación, que tiene su punto de mayor abajamiento en el descenso a los infiernos, comienza en el vientre de una joven madre y se manifiesta en el pesebre de Belén. «Paz en la tierra» cantan los ángeles, anunciando la presencia de un Dios sin defensas, del que la humanidad puede descubrirse amada solo cuidándolo (cf. Lc 2,13-14). Nada tiene la capacidad de cambiarnos tanto como un hijo. Y quizá es precisamente el pensar en nuestros hijos, en los niños y también en los que son frágiles como ellos, lo que nos conmueve profundamente (cf. Hch 2,37). A este respecto, mi venerado Predecesor escribía que «la fragilidad humana tiene el poder de hacernos más lúcidos respecto a lo que permanece o a lo que pasa, a lo que da vida y a lo que provoca muerte. Quizás por eso tendemos con frecuencia a negar los límites y a evadir a las personas frágiles y heridas, que tienen el poder de cuestionar la dirección que hemos tomado, como individuos y como comunidad». [9]

San Juan XXIII introdujo por primera vez la perspectiva de un desarme integral, que sólo puede afirmarse mediante la renovación del corazón y de la inteligencia. Así escribía en Pacem in terris: «Todos deben, sin embargo, convencerse que ni el cese en la carrera de armamentos, ni la reducción de las armas, ni, lo que es fundamental, el desarme general son posibles si este desarme no es absolutamente completo y llega hasta las mismas conciencias; es decir, si no se esfuerzan todos por colaborar cordial y sinceramente en eliminar de los corazones el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra. Esto, a su vez, requiere que esa norma suprema que hoy se sigue para mantener la paz se sustituya por otra completamente distinta, en virtud de la cual se reconozca que una paz internacional verdadera y constante no puede apoyarse en el equilibrio de las fuerzas militares, sino únicamente en la confianza recíproca. Nos confiamos que es éste un objetivo asequible. Se trata, en efecto, de una exigencia que no sólo está dictada por las normas de la recta razón, sino que además es en sí misma deseable en grado sumo y extraordinariamente fecunda en bienes». [10]

Un servicio fundamental que las religiones deben prestar a la humanidad que sufre es vigilar el creciente intento de transformar incluso los pensamientos y las palabras en armas. Las grandes tradiciones espirituales, así como el recto uso de la razón, nos llevan a ir más allá de los lazos de sangre o étnicos, más allá de las fraternidades que sólo reconocen al que es semejante y rechazan al que es diferente. Hoy vemos cómo esto no se da por supuesto. Lamentablemente, forma cada vez más parte del panorama contemporáneo arrastrar las palabras de la fe al combate político, bendecir el nacionalismo y justificar religiosamente la violencia y la lucha armada. Los creyentes deben desmentir activamente, sobre todo con la vida, esas formas de blasfemia que opacan el Santo Nombre de Dios. Por eso, junto con la acción, es cada vez más necesario cultivar la oración, la espiritualidad, el diálogo ecuménico e interreligioso como vías de paz y lenguajes del encuentro entre tradiciones y culturas. En todo el mundo es deseable «que cada comunidad se convierta en una “casa de paz”, donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón». [11] Hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía, mediante una creatividad pastoral atenta y generativa.

Por otra parte, esto no debe distraer la atención de todos sobre la importancia que tiene la dimensión política. Quienes están llamados a responsabilidades públicas en las sedes más altas y cualificadas, procuren que «se examine a fondo la manera de lograr que las relaciones internacionales se ajusten en todo el mundo a un equilibrio más humano, o sea a un equilibrio fundado en la confianza recíproca, la sinceridad en los pactos y el cumplimiento de las condiciones acordadas. Examínese el problema en toda su amplitud, de forma que pueda lograrse un punto de arranque sólido para iniciar una serie de tratados amistosos, firmes y fecundos». [12] Es el camino desarmante de la diplomacia, de la mediación, del derecho internacional, tristemente desmentido por las cada vez más frecuentes violaciones de acuerdos alcanzados con gran esfuerzo, en un contexto que requeriría no la deslegitimación, sino más bien el reforzamiento de las instituciones supranacionales.

Hoy, la justicia y la dignidad humana están más expuestas que nunca a los desequilibrios de poder entre los más fuertes. ¿Cómo habitar un tiempo de desestabilización y de conflictos liberándose del mal? Es necesario motivar y sostener toda iniciativa espiritual, cultural y política que mantenga viva la esperanza, contrarrestando la difusión de actitudes fatalistas «como si las dinámicas que la producen procedieran de fuerzas anónimas e impersonales o de estructuras independientes de la voluntad humana». [13] Porque, de hecho, «la mejor manera de dominar y de avanzar sin límites es sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun disfrazada detrás de la defensa de algunos valores», [14] a esta estrategia hay que oponer el desarrollo de sociedades civiles conscientes, de formas de asociacionismo responsable, de experiencias de participación no violenta, de prácticas de justicia reparadora a pequeña y gran escala. Ya lo señalaba con claridad León XIII en la Encíclica Rerum novarum: «La reconocida cortedad de las fuerzas humanas aconseja e impele al hombre a buscarse el apoyo de los demás. De las Sagradas Escrituras es esta sentencia: “Es mejor que estén dos que uno solo; tendrán la ventaja de la unión. Si el uno cae, será levantado por el otro. ¡Ay del que está solo, pues, si cae, no tendrá quien lo levante!” ( Qo 4,9-10). Y también esta otra: “El hermano, ayudado por su hermano, es como una ciudad fortificada” ( Pr 18,19)». [15]

Que este sea un fruto del Jubileo de la Esperanza, que ha impulsado a millones de seres humanos a redescubrirse peregrinos y a comenzar en sí mismos ese desarme del corazón, de la mente y de la vida al que Dios no tardará en responder cumpliendo sus promesas: «Él será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra. ¡Ven, casa de Jacob, y caminemos a la luz del Señor!» (Is 2,4-5).

 

Vaticano, 8 de diciembre de 2025

 

LEÓN PP. XIV

 

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[1] Bendición apostólica “Urbi et Orbi” y primer saludo, Logia central de la Basílica de San Pedro (8 mayo 2025).

[2] S. Agustín de Hipona, Sermón 357, 3.

[3] Ibíd., 1.

[4] S. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 60.

[5] Cf. SIPRI Yearbook: Armaments, Disarmament and International Security (2025).

[6] S. Agustín de Hipona, Sermón 357, 1.

[7] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 80.

[8] Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 4.

[9] Id., Carta al Director del “Corriere della Sera” (14 marzo 2025).

[10] S. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 113.

[11] Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana (17 junio 2025).

[12] S. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 118.

[13] Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 42.

[14] Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 15.

[15] León XIII, Carta enc. Rerum novarum (15 mayo 1891), 35.

viernes, 16 de enero de 2026

4. LOS SACRAMENTOS


 

¿Qué son los sacramentos?

El Espíritu Santo se derrama de forma especial en la comunidad reunida para celebrar los sacramentos. "Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos", dice Jesús (Mt 18, 20).

Los sacramentos son signos visibles de la presencia real de Jesucristo y de su Espíritu. Es este Espíritu de Jesús, que se concreta en los siete sacramentos, el que afianza la comunidad reunida y la transforma en Iglesia. Por medio de los sacramentos Dios comunica su gracia a los cristianos en acontecimientos y situaciones importantes de su vida.

Los siete sacramentos de la Iglesia Católica se clasifican de la siguiente manera:


Los sacramentos de iniciación

Son los sacramentos que dan por terminada una etapa de la vida y dan comienzo a otra con otro compromiso y orientación. Cada uno de ellos tiene una clara relación con el nacimiento, el crecimiento y el alimento.

El Bautismo: nacer a la fe

El Bautismo es el sacramento por el cual las personas entran a formar parte de la Iglesia. Es el inicio de la vida cristiana. Elimina el pecado original e incorpora a la Iglesia. Puede recibirse en cualquier momento de la vida, pero suele ser en los primeros años.



La Confirmación: crecer en la fe

La Confirmación completa la gracia del Bautismo con el don del Espíritu Santo. La Confirmación significa el don del Espíritu que da fuerza para poder ser testigos de Jesucristo. Así, el confirmado pasa a ser enviado y a participar en la evangelización. Suele coincidir con la adolescencia, cuando se es lo suficientemente maduro para aceptar conscientemente el compromiso de la vida cristiana.



La Eucaristía: crecer en la fe

La Eucaristía es el centro de la vida cristiana y la celebración litúrgica por excelencia. Conmemora el misterio de la Pascua de Jesucristo. Hace presente a Jesús, con su palabra y su acción, como pan de vida y alimento de los comparte lo que cada uno es y lo que tiene. En ella la asamblea reunida da gracias a Dios por el don de la fe y por eso se celebra asiduamente. Es signo de amor y de unidad.




Los sacramentos de curación

Por ellos el Espíritu Santo conforta a los fieles ante las adversidades de la vida

La Reconciliación: sanar la herida provocada por el pecado

La Reconciliación es el sacramento de la acogida y el perdón que ofrece Jesús, mediante la Iglesia, para transmitir la paz y reafirmar la amistad con Dios y con las personas. Es la expresión del perdón de los pecados. El Espíritu da la fuerza para pedir perdón y acercarse nuevamente a Dios, aceptando ser su criatura. Puede celebrarse en cualquier momento de la vida y tantas veces como sea oportuno.


La Unción de los enfermos: acompañar la enfermedad grave o la cercanía de la muerte 

La Unción de enfermos renueva la confianza en Dios, perdona los pecados, da fuerza para luchar contra la enfermedad y compromete al enfermo o enferma a vivir su sufrimiento al estilo de Jesús y a dar testimonio de esperanza a la comunidad. La persona recibe la gracia de Jesucristo para aceptar y vivir con esperanza la vejez, la enfermedad grave o el peligro de muerte. Puede celebrarse siempre que sea necesario.



Los sacramentos de servicio

Confieren una misión en la Iglesia y contribuyen a edificar el Pueblo de Dios. Por eso se reciben cuando se es adulto y una sola vez en la vida.

El Orden: servir a la comunidad cristiana y administrar los sacramentos

El Orden es el sacramento por el que obispos, presbíteros y diáconos reciben los cristianos que, siguiendo la llamada de Dios, entregan su vida al servicio de la comunidad son constituidos por Jesucristo en diáconos, presbíteros o sacerdotes, y obispos.




El Orden: servir a la comunidad cristiana y administrar los sacramentos

En el Matrimonio el Espíritu Santo bendice el amor de los esposos y los ayuda en la comunidad que forman dándoles fuerza para vivir la fidelidad en el amor y la colaboración con Dios al servicio de la vida. Une, en el amor de Dios por la humanidad y en el de Cristo por su Iglesia, a un hombre y a una mujer que se aman y quieren compartir toda su vida.

lunes, 12 de enero de 2026

domingo, 11 de enero de 2026

3. UNA COMÚN-UNIDAD






¿Hacia dónde caminamos?

MOISÉS: La Iglesia tendría que acercarse más, dejar las ideas claras.

VÍCTOR: Yo, por ejemplo, admiro la relación que tiene con la religión el cura de mi pueblo, que me parece una relación muy honesta, con una vocación muy social.

SARA: Admiro la gran sensibilidad, y la gran coherencia, el que sean incluso críticos con lo que ellos creen. Y admiro el amor con el que hablan de lo que creen.

CARO: Tengo una persona muy íntima, que es muy creyente, y me encanta hablar con ella por su forma de ver la vida...

IGNACIO: Yo creo que la principal herramienta para llegar a los jóvenes de hoy en día somos los propios jóvenes. En clase sé que voy a ser mucho más útil que si un día aparece un cura y les suelta una charla, porque no están en disposición de escucharlo. Sin embargo, mis amigos, que la inmensa mayoría son ateos, me quieren, me aceptan y sí están en disposición de escucharme. Y por eso sé que soy la herramienta perfecta para intentar llevarlos a Jesucristo y llevarlos a lo que a mí me ayuda.

También vosotros daréis testimonio (Jn 15, 27)


INTERPRETA DESDE LA BIBLIA




La entrega de las llaves a san Pedro, fresco de Perugino, 1482, Capilla Sixtina, Ciudad del Vaticano.


¿Quién escribe este texto?

Está atribuido a san Mateo, del que nos habla el propio Evangelio en Mt 9, 9: «Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él se levantó y lo siguió».

¿A quién va destinado?

A los cristianos que provenían de la cultura judía y pagana (no judía). Con este Evangelio, su autor pretende dar respuesta a los problemas con los que se enfrentaban las comunidades cristianas.

¿Cuándo se compuso este texto?

En torno a la década de los 80 d. C., ya que se piensa que fue escrito tras la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 d. C.

Otros datos

De los tres Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) este es el único que relata el pasaje en el que Jesús confiere su autoridad y poder al apóstol san Pedro para ser base y fundamento de la Iglesia.

Presenta a Jesús como el Mesías prometido al pueblo judío, que anuncia la llegada del Reino de Dios, para enseñar una Nueva Ley con el compromiso de liberar a la persona y llamarlos a ser fieles a Dios. De aquí la abundancia de enseñanzas de Jesús sobre el comportamiento cristiano.

¿Qué nos dice este texto?

Este relato se puede dividir en dos partes. Una primera en la que Jesús pregunta sobre Él mismo; y otra en

la que va a quedar instituida la Iglesia bajo la responsabilidad de san Pedro y sus sucesores.

En los cuatro primeros versículos, Jesús pregunta qué imagen tienen de Él la gente en general y sus discípulos en particular. Su intención es saber si entienden su misión y quién es realmente.

La gente lo identifica con personajes importantes del pueblo judío, como Juan el Bautista, Elías, Jeremías u otros profetas. La característica común a todos ellos es que anunciaban la liberación del pueblo judío de todas sus ataduras. Ven a Jesús como un profeta más, alguien que anuncia el Reino de Dios. Pero no llegan a reconocerlo como su Hijo, el Dios mismo que es.

Entre sus discípulos, personas que se relacionaban con Él de forma más cercana, la respuesta es muy diferente, ya que lo reconocen por lo que es, el Mesías, el Hijo de Dios. Con esta afirmación, Jesús tiene claro que sus discípulos están preparados para continuar la obra que Él ha comenzado, y en especial Simón.

En el resto del texto el Señor deja patente el inicio de la Iglesia. Cuando Dios cambia el nombre a alguien, nos indica el encargo de una misión. En este caso, a Simón lo llamará Pedro, que quiere decir "roca" o "piedra"; es el elegido para ser la cabeza visible, para guiar a los cristianos cuando Jesús abandone este mundo. Con los verbos atar y desatar y la entrega de las llaves, queda clara la autoridad que Él le otorga.

Pedro y sus sucesores serán los que garanticen las enseñanzas del Maestro y tendrán que adaptarlas a nuevas necesidades y situaciones.

Con esta presentación del apóstol, se pone de relieve el importante papel que desempeñó en la vida de la Iglesia y se describe la tarea de los papas: guiar a la comunidad en la fe y el amor.


Asamblea de creyentes

Jesús y la Iglesia

El judaísmo, en tiempo de Jesús, estructuraba la sociedad de forma jerárquica otorgando privilegios a escribas* y fariseos*. El evangelista san Mateo se da cuenta de la necesidad de organizar la comunidad cristiana de otra forma, como una gran familia orientada al servicio y la solidaridad, una fraternidad en la que todos nos sintiéramos hijas e hijos de un mismo Padre, y hermanas y hermanos entre todos.

Anteriormente hemos descrito a la Iglesia como pueblo de Dios, cuerpo de Cristo, esposa. Con esto se quiere señalar que entre ella y Jesús hay un vínculo indisoluble. Porque es en la asamblea de los discípulos de Jesús donde se produce el encuentro con Dios y con los hermanos. Él es la unidad de la comunidad eclesial y todos estamos invitados a formar parte de ella.

La Iglesia no es un local fabricado con ladrillos y cemento, sino que es el templo del Espíritu, porque este vive en ella, en su cabeza y en sus miembros. El Espíritu Santo es quien la anima y la vivifica a través de la Palabra de Dios y de los dones que regala a cada uno. Y se hace presente en las celebraciones comunitarias. Los creyentes son las piedras vivas sobre las que se construye la Iglesia en común-unión, es decir, está llamada a ser comunión viva entre las personas que manifiestan su unión íntima con Dios. Dios sigue obrando la salvación mediante su Palabra, los sacramentos y la edificación de la comunidad. Es aquí donde la Iglesia se hace signo visible y espiritual. Visible en cuanto que la vida de los cristianos debe reflejar su fe. Y espiritual porque en ella, por el Espíritu Santo, todos los que la formamos recibimos la fuerza necesaria para cumplir la misión a la que somos llamados.

La autoridad como servicio

La palabra autoridad se asocia con algún tipo de cargo o posición social. En la época de Jesús, la autoridad se identifica con el honor y se podía adquirir por pertenecer a una familia distinguida o por haber sido otorgada por alguien con poder. Jesús, con su vida, deja claro que su autoridad no se la ha dado nadie, ya que la posee por naturaleza como Dios mismo que es.

Jesús rompe con la idea de autoridad como mando (judío) o gobierno (Imperio romano) y se la concede a san Pedro para hacer el bien y aliviar los sufrimientos de las personas. Es decir, dentro de la Iglesia la autoridad la concede Dios y va ligada a una actitud de servicio a la comunidad, el cual se debe ejercer gratuitamente ya que es un regalo del Señor. No es para juzgar, sino para sanar y ayudar a liberar a las personas, al igual que una madre.

La autoridad de Jesús se ha transmitido desde san Pedro hasta nuestros días a través de los papas. El papa, a pesar de ser el máximo responsable de la Iglesia, no puede ejercer esta autoridad solo. Por eso nombra a cardenales y obispos que, en comunión con los sacerdotes y diáconos de las distintas diócesis, representarán en este servicio al sumo pontífice. Todos forman la jerarquía de la Iglesia, una jerarquía que implica ningún privilegio. Y tienen la misión de ser sus pastores, de interpretar y mantener vivas e íntegras las enseñanzas de Jesús y toda la revelación. Es lo que se conoce con el nombre de Magisterio.

El papa Francisco, en su homilía del 14 de enero de 2020, dijo que "la autoridad no es un mandato, sino coherencia y testimonio". Esto nos recuerda que hay personas que se convierten en un referente no porque ocupen un determinado puesto social o eclesiástico, sino porque su vida y sus palabras son una enseñanza moral para los demás. A lo largo de la historia ha habido muchos cristianos que nos han mostrado el camino que debemos seguir para convertirnos en testigos de Cristo y hacer de nuestro mundo un lugar fraternal. Son los nuevos profetas que anuncian y denuncian, que critican y estimulan, posicionándose sobre cuestiones sociales, políticas y culturales. Son personas que respondieron a la llamada de Cristo y mantienen la llama de la Iglesia, viviendo con mayúsculas el mandato del amor.

Notas de la Iglesia

En el Credo afirmamos que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica. Estas son las cuatro características, conocidas como notas, que la diferencian de cualquier otra confesión religiosa. 

La Iglesia es una. Con esta palabra se afirma la unidad de todos sus miembros, basada en el amor y la caridad fraterna. Para alcanzar la unidad se debe abandonar todo gesto egoísta, de superioridad o de rechazo hacia cualquier persona. Es imprescindible que volvamos a las enseñanzas de Jesús y seamos guiados por el amor a nosotros mismos y a los demás.

La Iglesia está compuesta por diversidad de personas, con una misma fe. Nos incorporamos a ella a través del Bautismo, en el que profesamos a un solo Señor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y la celebramos, de forma comunitaria, en la Eucaristía.

La unidad de la Iglesia también se hace visible a través de:

  • La liturgia: los tiempos litúrgicos y los sacramentos son los mismos; no importa el país donde estés.
  • Días dedicados a causas concretas como Domund, Cáritas, Día de las Familias, Día de la Paz...
  • Oraciones como el padrenuestro, Credo, avemaría, Gloria... son iguales en todas partes, traducidas en diferentes idiomas.
  • El papa realiza mensualmente un vídeo para que los fieles nos unamos a rezar con una intención concreta.

La Iglesia es santa. El papa Pablo VI en el año 1968 afirmó que la Iglesia "es, pues, santa aunque abarque en su seno pecadores" (Credo del Pueblo de Dios 19). La Iglesia no es santa porque las personas que la formamos lo somos. Al contrario, la Iglesia reconoce que ha cometido y comete fallos, pero también debemos ver todo el bien que aporta, a nosotros y a la sociedad.

La Iglesia es santa porque quien la ha constituido ha sido el Señor y está bajo la guía del Espíritu Santo. Todos los que la formamos estamos llamados a la santidad, que consiste en ser buenas personas, seguidores de Jesús, ayudando a los demás y a nosotros mismos a ser libres, responsables y coherentes con lo que creemos.

Lo más característico del ser cristiano es la caridad. Esta consiste en amar, querer, de manera desinteresada. Como seguidores de Jesús somos las manos de Dios en la sociedad en la que vivimos. Dios actúa a través de cada uno de nosotros, nos pone en preaviso, hace que nuestro corazón se conmueva ante situaciones, nos da fuerzas para gritar las injusticias y extiende su amor y cercanía a los más necesitados.

La Iglesia es católica. Católico significa "universal"; se considera una característica de la Iglesia porque acoge a todas las personas. Esta universalidad la vemos en cómo se organiza en el mundo.

Su sede principal está en el Vaticano, donde reside el papa. Los obispos ejercen su responsabilidad en comunión con el Papa, obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal. Ellos son los encargados de las comunidades cristianas, que se distribuyen en diócesis. Cada diócesis está constituida por todas las parroquias que están dentro de su territorio. Con esta estructura, la Iglesia se une para ser un solo cuerpo, cuyos miembros están distribuidos por todo el mundo. Desde el comienzo de su pontificado, el papa Francisco ha sido muy claro en lo que debe ser y cómo debe actuar la Iglesia. Por eso en todos sus escritos nos invita a volver a los valores evangélicos, a vivir en una Iglesia con las puertas abiertas para todos, sin exclusión ni discriminación, porque todos formamos una única familia con un mismo Padre común. 

La Iglesia es apostólica. La Iglesia es apostólica porque sigue las enseñanzas y la misión que los apóstoles nos transmitieron. Ellos pusieron por escrito todo lo que habían vivido y oído, y nos lo hicieron llegar a través de los libros del Nuevo Testamento. Proclamaron la Buena Noticia de Jesús por todos los lugares. Los papas y los obispos han continuado con esta misión, actualizando este mensaje y manteniéndolo vigente para los cristianos del siglo XXI.

Es Cristo, quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, católica y apostólica, y Él es también quien la llama a ejercitar cada una de estas cualidades.

Catecismo de la Iglesia Católica 811