lunes, 2 de febrero de 2026

4. COMENCEMOS A HACER ALGO


 


PUNTO DE PARTIDA

  • ¿Qué quiere demostrar el profesor?
  • ¿Qué argumenta el joven Einstein para contradecirle? ¿A qué conclusión llega?
  • ¿Qué piensas tú sobre ello?


INTERPRETA DESDE LA BIBLIA


Adán y Eva tentados por la serpiente, siglo XII,
iglesia de SAn Adreu de Sagás, Lleida.

¿Quién escribe este texto? 

El libro del Génesis es la recopilación de escritos de varias escuelas o autores.

¿A quién va destinado?

A todos los creyentes que quieren conocer la respuesta a las grandes preguntas de la humanidad, como el origen del mal, desde la perspectiva religiosa y a través de imágenes y símbolos metafóricos.

¿Cuándo se compuso este texto?

Su edición se realizó en torno al año 400 antes de Cristo.

Otros datos

Este libro se conoce como Génesis, que significa principio, ya que en él se relata el origen de todo lo conocido. Tiene como objeto explicar quién es Dios y el comienzo de su relación con la humanidad. Emplea muchos símbolos e imágenes para acercarnos a este misterio, por eso tenemos que interpretarlo como un texto religioso y didáctico. Se puede dividir en dos partes: una primera que comprendería los once primeros capítulos y guarda relatos sobre la Creación, la historia de Adán y Eva, y la de Noé. A partir del duodécimo capítulo se describe la época de los patriarcas de Israel.

¿Qué nos dice este texto?

La Biblia comienza con el relato de la Creación y le sigue el del pecado original. Con él se quiere explicar la aparición del mal en el mundo, a causa de la desconfianza de Adán y Eva hacia Dios, y las consecuencias de su mala decisión. Esta es reflejada en el texto con la imagen de los dos comiendo del fruto prohibido. Ya sabemos que este relato no es histórico ni verídico y que solo tiene una intención educativa. En este caso, la enseñanza es que debemos tener cuidado con las tentaciones que nos hacen ver el mal como bien, con el fin de intentar confundirnos y hacernos sentir como dioses.

Como nos recuerda nuestro Catecismo, el concepto de pecado original es una verdad esencial de nuestra fe. San Agustín fue el primero en hablar del pecado original, pero no se estableció como doctrina hasta el Concilio de Cartago (año 418). En él se afirma que es una mancha que todos poseemos tan solo por el hecho de nacer. De ahí que el Bautismo fuera necesario para librarnos de ella.

El autor del relato bíblico destaca también que Adán y Eva se sintieron desnudos. Con esta metáfora se quiere decir que en la persona aparece un sentimiento de culpa porque sabe que ha hecho algo mal y esto la lleva a sentirse débil, indefensa y avergonzada. En definitiva, el pecado rompe la armonía interna del ser humano, aunque Dios nos da una nueva oportunidad para mejorar, a través del sacramento de la Reconciliación.


Está en tu mano

¿Existe el mal?

Si nos damos una vuelta por las grandes sagas de la literatura o del cine veremos que, en todas ellas, hay dos elementos principales: alguien que encarna la maldad sin más y personas que, aunque son héroes, sufren una lucha interna entre el bien y el mal. Y es que estas grandes historias nos enseñan que el mal existe desde el origen del mundo y que en la vida real no hay buenos y malos; las decisiones que tomamos marcan la diferencia. Unas hacen del mundo un lugar mejor, otras, lo empeoran. Estas últimas son las que los cristianos denominamos pecado.

¿Qué es el pecado?

Todos conocemos el término pecado, pero ¿sabemos bien qué significa y las implicaciones que tiene?

El Catecismo para Jóvenes (Youcat) lo define así:

Un pecado es una palabra, un acto o una intención con la que una persona atenta, consciente y voluntariamente, contra el verdadero orden de las cosas, previsto así por el amor de Dios. Pecar significa más que infringir alguna de las normas acordadas por los hombres. 

El pecado se dirige libre y consciente contra el amor de Dios y lo ignora. El pecado es en definitiva «el amor de sí hasta el desprecio de Dios» (san Agustín), y en caso extremo la criatura pecadora dice: Quiero ser "como Dios» (Gén 5). Así como el pecado me carga con el peso de la culpa, me hiere y me destruye con sus consecuencias, igualmente envenena y afecta también a mi entorno. En la cercanía de Dios se hacen perceptibles el pecado y su gravedad.

Youcat 315

Para entender bien este concepto, vamos a explicarlo más detenidamente desglosando esta definición:

1. Palabra, acto o intención consciente y voluntaria.

Las personas somos seres imperfectos y, a lo largo del día, podemos decir, hacer o simplemente pensar algo que vaya en contra de nosotros mismos o de los demás, y que rompa nuestra relación con Dios. Pero se podría añadir algo más.

Cuando, al principio de la Eucaristía, rezamos Yo Confieso, reconocemos que pecamos de «palabra, obra y omisión». Y es que hay veces que el pecado no es un acto en sí, sino poder hacer algo bueno y no hacerlo.

Por ejemplo, cuando no defendemos a quien lo necesita, cuando nos quitamos de en medio y no ayudamos en las tareas de la casa, o cuando vemos que alguien se está equivocando y no decimos nada.

En estos momentos tenemos la posibilidad de actuar, pero decidimos no hacerlo sin pensar, a veces, en las consecuencias que esto podría ocasionar para mí y para otras personas.

Por otro lado, el pecado en sí es un acto consciente y voluntario, ya que estamos dotados de libertad y, por ello, capacitados para optar entre el bien y el mal. Sabiendo esto, debemos estar atentos y tener cuidado con quienes nos intentan confundir y nos tientan a tomar malas decisiones. Sin olvidar que, al final, somos nosotros los responsables de nuestros actos y de sus consecuencias.

2. "Amor de sí hasta el desprecio de Dios" (san Agustín).

El relato del pecado original o el de la Torre de Babel hacen alusión a esta ambición que las personas tienen de querer ser como Dios. Fruto de esto son el egocentrismo o la prepotencia, contravalores arraigados en la sociedad de hoy en día. Nuestro error está en creernos por encima de los demás. A gran escala, las guerras, el racismo, o la explotación laboral son el resultado de querer estar por encima del prójimo. Pero igualmente lo son el acoso, la discriminación o las burlas que sufren algunas personas. Dios está en cada uno de nosotros, por ello negar al prójimo es negar a Dios y actuar como si fuéramos superiores a los demás es querer ser como Él. Hasta que no superemos esto no podremos hablar, como cristianos, de la verdadera fraternidad.

3. Afecta también a mi entorno

No somos individuos aislados, sino que vivimos insertos en una sociedad. Por ello, las consecuencias del pecado no solo afectan a la persona que lo comete, sino que repercuten en los demás; incluso, sin quererlo, podemos provocar una reacción en cadena. Por ejemplo, si compramos algo robado estaremos fomentando que se siga robando; o si lanzamos un rumor falso sobre alguien, podemos provocar que surjan otras mentiras o que esa persona sufra acoso o discriminación. Nuestras malas decisiones promueven que exista el mal en el mundo y no solo repercuten en las personas, también en nuestra <<casa común», la Tierra. En el proyecto anterior aprendimos que Dios nos hizo sus colaboradores y nos dio la capacidad de crear; pero nosotros, con nuestra libertad, adquirimos la capacidad de destruir. ¿Cuál de ellas ponemos más en práctica? ¿Crear o destruir?

Aunque la persona es un ser social, en ocasiones también actúa asocialmente: el egoísmo, la codicia y la soberbia lo llevan a veces a someter a los demás con intenciones equivocadas, así como a explotarlos, abusar de ellos o dejarlos indefensos. La comunidad verdadera es una unión libre de las personas que buscan el bien para sí mismas para otras, y que solo de esta manera llegan al bien común que tan difícil resulta de alcanzar a la persona individual. Puede servir como ejemplo el trabajo de una orquesta, que solo suena bien cuando en ella se reúnen múltiples talentos.

Docat 62

4. En la cercanía de Dios se hacen perceptibles el pecado y su gravedad.

Desde pequeños, algo en nuestro interior nos ayuda a diferenciar el bien del mal, aunque a veces no le hacemos caso; además nos hace reflexionar después de una mala acción. Esa es la voz de nuestra conciencia, la voz de Dios.

Jesús nos enseñó que Dios es amor, que es un Padre-Madre bueno que nos perdona siempre y espera que volvamos a Él cuando nos desviamos de su camino. Por ello, en primer lugar, envió a su Hijo Jesucristo, quien llevó el peso de nuestros pecados hasta la cruz. Y después nos invita al sacramento de la Reconciliación. En él, no confesamos nuestras faltas ante un juez, sino ante un sacerdote que en nombre de Jesús nos recuerda sus palabras: «Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más» (Jn 8, 11). Este sacramento debe ser una fiesta porque celebramos el encuentro con el Señor de la vida. Él se sirve de nuestras debilidades para hacernos mejores. Toma la iniciativa, nos inunda con el don gratuito de su amor y nos invita a comenzar de nuevo.

Homilía del papa Francisco en Santa Marta,
17 de marzo de 2020