jueves, 1 de enero de 2026

JORNADA MUNDIAL POR LA PAZ 2026

 La paz esté con todos ustedes:
hacia una paz “desarmada y desarmante”

“¡La paz esté contigo!”.

Este antiquísimo saludo, que sigue siendo habitual en muchas culturas, en la tarde de Pascua se llenó de nuevo vigor en labios de Jesús resucitado. «¡La paz esté con ustedes!» ( Jn 20,19.21) es su palabra, que no sólo desea, sino que realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad. Por eso, los sucesores de los Apóstoles dan voz cada día y en todo el mundo a la más silenciosa revolución: “¡La paz esté con ustedes!”. Desde la tarde de mi elección como Obispo de Roma he querido incorporar mi saludo en este anuncio coral. Y deseo reafirmarlo: «Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente». [1]

La paz de Cristo resucitado

El que venció a la muerte y derribó el muro que separaba a los seres humanos (cf. Ef 2,14) es el Buen Pastor, que da la vida por el rebaño y que tiene muchas ovejas que no son del redil (cf. Jn 10,11.16): Cristo, nuestra paz. Su presencia, su don, su victoria resplandecen en la perseverancia de muchos testigos, por medio de los cuales la obra de Dios continúa en el mundo, volviéndose incluso más perceptible y luminosa en la oscuridad de los tiempos.

El contraste entre las tinieblas y la luz, en efecto, no es sólo una imagen bíblica para describir el parto del que está naciendo un mundo nuevo; es una experiencia que nos atraviesa y nos sorprende según las pruebas que encontramos, en las circunstancias históricas en las que nos toca vivir. Ahora bien, ver la luz y creer en ella es necesario para no hundirse en la oscuridad. Se trata de una exigencia que los discípulos de Jesús están llamados a vivir de modo único y privilegiado, pero que, por muchos caminos, sabe abrirse paso en el corazón de cada ser humano. La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”. En este horizonte nos ha introducido el Resucitado. Con este presentimiento viven los que trabajan por la paz que, en el drama de lo que el Papa Francisco ha definido como “tercera guerra mundial a pedazos”, siguen resistiendo a la contaminación de las tinieblas, como centinelas de la noche.

Lamentablemente lo contrario —es decir, olvidar la luz— es posible; entonces se pierde el realismo, cediendo a una representación parcial y distorsionada del mundo, bajo el signo de las tinieblas y del miedo. Hoy no son pocos los que llaman realistas a las narraciones carentes de esperanza, ciegas ante la belleza de los demás, que olvidan la gracia de Dios que trabaja siempre en los corazones humanos, aunque estén heridos por el pecado. San Agustín exhortaba a los cristianos a entablar una amistad indisoluble con la paz, para que, custodiándola en lo más íntimo de su espíritu, pudieran irradiar en torno a sí su luminoso calor. Él, dirigiéndose a su comunidad, escribía así: «Tened la paz, hermanos. Si queréis atraer a los demás hacia ella, sed los primeros en poseerla y retenerla. Arda en vosotros lo que poseéis para encender a los demás». [2]

Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino. Aunque sea combatida dentro y fuera de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella. Es un principio que guía y determina nuestras decisiones. Incluso en los lugares donde sólo quedan escombros y donde la desesperación parece inevitable, hoy encontramos a quienes no han olvidado la paz. Así como en la tarde de Pascua Jesús entró en el lugar donde se encontraban los discípulos, atemorizados y desanimados, de la misma manera la paz de Cristo resucitado sigue atravesando puertas y barreras con las voces y los rostros de sus testigos. Es el don que permite que no olvidemos el bien, reconocerlo vencedor, elegirlo de nuevo juntos.

Una paz desarmada

Poco antes de ser arrestado, en un momento de gran intimidad, Jesús dijo a los que estaban con Él: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo». E inmediatamente agrega: «¡No se inquieten ni teman!» (Jn 14,27). La turbación y el temor podían referirse, ciertamente, a la violencia que pronto se abatiría sobre Él. Más profundamente, los Evangelios no esconden que lo que desconcertó a los discípulos fue su respuesta no violenta; un camino al que todos, empezando por Pedro, se opusieron, pero en el cual el Maestro pidió que lo siguieran hasta el final. El camino de Jesús sigue siendo motivo de turbación y de temor. Y Él repite con firmeza a quien quisiera defenderlo: «Envaina tu espada» (Jn 18,11; cf. Mt 26,52). La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque desarmada fue su lucha, dentro de circunstancias históricas, políticas y sociales precisas. Los cristianos, juntos, deben hacerse proféticamente testigos de esta novedad, recordando las tragedias de las que tantas veces se han hecho cómplices. La gran parábola del juicio universal invita a todos los cristianos a actuar con misericordia, siendo conscientes de ello (cf. Mt 25,31-46). Y, al hacerlo, encontrarán a su lado hermanos y hermanas que, por distintos caminos, han sabido escuchar el dolor ajeno y se han liberado interiormente del engaño de la violencia.

Aunque hoy no son pocas las personas de corazón dispuesto a la paz, un gran sentimiento de impotencia las invade ante el curso de los acontecimientos, cada vez más incierto. Ya san Agustín, en efecto, señalaba una paradoja particular: «Es más difícil alabar la paz que poseerla. En efecto, si queremos alabarla, deseamos las fuerzas para ello, buscamos los pensamientos y pesamos las palabras; por el contrario, si queremos poseerla, la tenemos y poseemos sin trabajo alguno». [3]

Cuando tratamos la paz como un ideal lejano, terminamos por no considerar escandaloso que se le niegue, e incluso que se haga la guerra para alcanzarla. Pareciera que faltan las ideas justas, las frases sopesadas, la capacidad de decir que la paz está cerca. Si la paz no es una realidad experimentada, para custodiar y cultivar, la agresividad se difunde en la vida doméstica y en la vida pública. En la relación entre ciudadanos y gobernantes se llega a considerar una culpa el hecho de que no se nos prepare lo suficiente para la guerra, para reaccionar a los ataques, para responder a las agresiones. Mucho más allá del principio de legítima defensa, en el plano político dicha lógica de oposición es el dato más actual en una desestabilización planetaria que va asumiendo cada día mayor dramatismo e imprevisibilidad. No es casual que los repetidos llamamientos a incrementar el gasto militar y las decisiones que esto conlleva sean presentados por muchos gobernantes con la justificación del peligro respecto a los otros. En efecto, la fuerza disuasiva del poder y, en particular, de la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y en el dominio de la fuerza. «La consecuencia —como ya escribía san Juan XXIII acerca de su tiempo— es clara: los pueblos viven bajo un perpetuo temor, como si les estuviera amenazando una tempestad que en cualquier momento puede desencadenarse con ímpetu horrible. No les falta razón, porque las armas son un hecho. Y si bien parece difícilmente creíble que haya hombres con suficiente osadía para tomar sobre sí la responsabilidad de las muertes y de la asoladora destrucción que acarrearía una guerra, resulta innegable, en cambio, que un hecho cualquiera imprevisible puede de improviso e inesperadamente provocar el incendio bélico». [4]

Pues bien, en el curso del 2024 los gastos militares a nivel mundial aumentaron un 9,4% respecto al año anterior, confirmando la tendencia ininterrumpida desde hace diez años y alcanzando la cifra de 2.718 billones de dólares, es decir, el 2,5% del PIB mundial. [5] Por si fuera poco, hoy parece que se quiera responder a los nuevos desafíos, no sólo con el enorme esfuerzo económico para el rearme, sino también con un reajuste de las políticas educativas; en vez de una cultura de la memoria, que preserve la conciencia madurada en el siglo XX y no olvide a sus millones de víctimas, se promueven campañas de comunicación y programas educativos, en escuelas y universidades, así como en los medios de comunicación, que difunden la percepción de amenazas y transmiten una noción meramente armada de defensa y de seguridad.

Sin embargo, «el verdadero amante de la paz ama también a los enemigos de ella». [6] Así recomendaba san Agustín que no se destruyeran los puentes ni se insistiera en el registro del reproche, prefiriendo el camino de la escucha y, en cuanto sea posible, el encuentro con las razones de los demás. Hace sesenta años, el Concilio Vaticano II se concluía con la conciencia de un diálogo urgente entre la Iglesia y el mundo contemporáneo. En particular, la Constitución Gaudium et spes centraba la atención en la evolución de la práctica bélica: «El riesgo característico de la guerra contemporánea está en que da ocasión a los que poseen las recientes armas científicas para cometer tales delitos y con cierta inexorable conexión puede empujar las voluntades humanas a determinaciones verdaderamente horribles. Para que esto jamás suceda en el futuro, los obispos de toda la tierra reunidos aquí piden con insistencia a todos, principalmente a los jefes de Estado y a los altos jefes del ejército, que consideren incesantemente tan gran responsabilidad ante Dios y ante toda la humanidad». [7]

Al reiterar el llamamiento de los Padres conciliares y estimando la vía del diálogo como la más eficaz a todos los niveles, constatamos cómo el ulterior avance tecnológico y la aplicación en ámbito militar de las inteligencias artificiales hayan radicalizado la tragedia de los conflictos armados. Incluso se va delineando un proceso de desresponsabilización de los líderes políticos y militares, con motivo del creciente “delegar” a las máquinas decisiones que afectan la vida y la muerte de personas humanas. Es una espiral destructiva, sin precedentes, del humanismo jurídico y filosófico sobre el cual se apoya y desde el que se protege cualquier civilización. Es necesario denunciar las enormes concentraciones de intereses económicos y financieros privados que van empujando a los estados en esta dirección; pero esto no basta, si al mismo tiempo no se fomenta el despertar de las conciencias y del pensamiento crítico. La Encíclica Fratelli tutti presenta a san Francisco de Asís como ejemplo de este despertar: «En aquel mundo plagado de torreones de vigilancia y de murallas protectoras, las ciudades vivían guerras sangrientas entre familias poderosas, al mismo tiempo que crecían las zonas miserables de las periferias excluidas. Allí Francisco acogió la verdadera paz en su interior, se liberó de todo deseo de dominio sobre los demás, se hizo uno de los últimos y buscó vivir en armonía con todos». [8] Es una historia que quiere continuar en nosotros, y que requiere que unamos esfuerzos para contribuir recíprocamente a una paz desarmante, una paz que nace de la apertura y de la humildad evangélica.

Una paz desarmante

La bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño. El misterio de la Encarnación, que tiene su punto de mayor abajamiento en el descenso a los infiernos, comienza en el vientre de una joven madre y se manifiesta en el pesebre de Belén. «Paz en la tierra» cantan los ángeles, anunciando la presencia de un Dios sin defensas, del que la humanidad puede descubrirse amada solo cuidándolo (cf. Lc 2,13-14). Nada tiene la capacidad de cambiarnos tanto como un hijo. Y quizá es precisamente el pensar en nuestros hijos, en los niños y también en los que son frágiles como ellos, lo que nos conmueve profundamente (cf. Hch 2,37). A este respecto, mi venerado Predecesor escribía que «la fragilidad humana tiene el poder de hacernos más lúcidos respecto a lo que permanece o a lo que pasa, a lo que da vida y a lo que provoca muerte. Quizás por eso tendemos con frecuencia a negar los límites y a evadir a las personas frágiles y heridas, que tienen el poder de cuestionar la dirección que hemos tomado, como individuos y como comunidad». [9]

San Juan XXIII introdujo por primera vez la perspectiva de un desarme integral, que sólo puede afirmarse mediante la renovación del corazón y de la inteligencia. Así escribía en Pacem in terris: «Todos deben, sin embargo, convencerse que ni el cese en la carrera de armamentos, ni la reducción de las armas, ni, lo que es fundamental, el desarme general son posibles si este desarme no es absolutamente completo y llega hasta las mismas conciencias; es decir, si no se esfuerzan todos por colaborar cordial y sinceramente en eliminar de los corazones el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra. Esto, a su vez, requiere que esa norma suprema que hoy se sigue para mantener la paz se sustituya por otra completamente distinta, en virtud de la cual se reconozca que una paz internacional verdadera y constante no puede apoyarse en el equilibrio de las fuerzas militares, sino únicamente en la confianza recíproca. Nos confiamos que es éste un objetivo asequible. Se trata, en efecto, de una exigencia que no sólo está dictada por las normas de la recta razón, sino que además es en sí misma deseable en grado sumo y extraordinariamente fecunda en bienes». [10]

Un servicio fundamental que las religiones deben prestar a la humanidad que sufre es vigilar el creciente intento de transformar incluso los pensamientos y las palabras en armas. Las grandes tradiciones espirituales, así como el recto uso de la razón, nos llevan a ir más allá de los lazos de sangre o étnicos, más allá de las fraternidades que sólo reconocen al que es semejante y rechazan al que es diferente. Hoy vemos cómo esto no se da por supuesto. Lamentablemente, forma cada vez más parte del panorama contemporáneo arrastrar las palabras de la fe al combate político, bendecir el nacionalismo y justificar religiosamente la violencia y la lucha armada. Los creyentes deben desmentir activamente, sobre todo con la vida, esas formas de blasfemia que opacan el Santo Nombre de Dios. Por eso, junto con la acción, es cada vez más necesario cultivar la oración, la espiritualidad, el diálogo ecuménico e interreligioso como vías de paz y lenguajes del encuentro entre tradiciones y culturas. En todo el mundo es deseable «que cada comunidad se convierta en una “casa de paz”, donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón». [11] Hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía, mediante una creatividad pastoral atenta y generativa.

Por otra parte, esto no debe distraer la atención de todos sobre la importancia que tiene la dimensión política. Quienes están llamados a responsabilidades públicas en las sedes más altas y cualificadas, procuren que «se examine a fondo la manera de lograr que las relaciones internacionales se ajusten en todo el mundo a un equilibrio más humano, o sea a un equilibrio fundado en la confianza recíproca, la sinceridad en los pactos y el cumplimiento de las condiciones acordadas. Examínese el problema en toda su amplitud, de forma que pueda lograrse un punto de arranque sólido para iniciar una serie de tratados amistosos, firmes y fecundos». [12] Es el camino desarmante de la diplomacia, de la mediación, del derecho internacional, tristemente desmentido por las cada vez más frecuentes violaciones de acuerdos alcanzados con gran esfuerzo, en un contexto que requeriría no la deslegitimación, sino más bien el reforzamiento de las instituciones supranacionales.

Hoy, la justicia y la dignidad humana están más expuestas que nunca a los desequilibrios de poder entre los más fuertes. ¿Cómo habitar un tiempo de desestabilización y de conflictos liberándose del mal? Es necesario motivar y sostener toda iniciativa espiritual, cultural y política que mantenga viva la esperanza, contrarrestando la difusión de actitudes fatalistas «como si las dinámicas que la producen procedieran de fuerzas anónimas e impersonales o de estructuras independientes de la voluntad humana». [13] Porque, de hecho, «la mejor manera de dominar y de avanzar sin límites es sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun disfrazada detrás de la defensa de algunos valores», [14] a esta estrategia hay que oponer el desarrollo de sociedades civiles conscientes, de formas de asociacionismo responsable, de experiencias de participación no violenta, de prácticas de justicia reparadora a pequeña y gran escala. Ya lo señalaba con claridad León XIII en la Encíclica Rerum novarum: «La reconocida cortedad de las fuerzas humanas aconseja e impele al hombre a buscarse el apoyo de los demás. De las Sagradas Escrituras es esta sentencia: “Es mejor que estén dos que uno solo; tendrán la ventaja de la unión. Si el uno cae, será levantado por el otro. ¡Ay del que está solo, pues, si cae, no tendrá quien lo levante!” ( Qo 4,9-10). Y también esta otra: “El hermano, ayudado por su hermano, es como una ciudad fortificada” ( Pr 18,19)». [15]

Que este sea un fruto del Jubileo de la Esperanza, que ha impulsado a millones de seres humanos a redescubrirse peregrinos y a comenzar en sí mismos ese desarme del corazón, de la mente y de la vida al que Dios no tardará en responder cumpliendo sus promesas: «Él será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra. ¡Ven, casa de Jacob, y caminemos a la luz del Señor!» (Is 2,4-5).

 

Vaticano, 8 de diciembre de 2025

 

LEÓN PP. XIV

 

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[1] Bendición apostólica “Urbi et Orbi” y primer saludo, Logia central de la Basílica de San Pedro (8 mayo 2025).

[2] S. Agustín de Hipona, Sermón 357, 3.

[3] Ibíd., 1.

[4] S. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 60.

[5] Cf. SIPRI Yearbook: Armaments, Disarmament and International Security (2025).

[6] S. Agustín de Hipona, Sermón 357, 1.

[7] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 80.

[8] Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 4.

[9] Id., Carta al Director del “Corriere della Sera” (14 marzo 2025).

[10] S. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 113.

[11] Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana (17 junio 2025).

[12] S. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 118.

[13] Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 42.

[14] Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 15.

[15] León XIII, Carta enc. Rerum novarum (15 mayo 1891), 35.

lunes, 27 de octubre de 2025

TOMAR CONCIENCIA: TODOS CONTRA EL BULLYING

El valor y virtud de tomar conciencia consiste en desarrollar la capacidad de conocer lo que ocurre en nuestro interior y en nuestro exterior. Es el buen sentimiento y comportamiento que se realiza para escuchar nuestra voz interior, y así conocernos, diferenciar lo bueno de lo malo y amar de corazón: "El amor que brota de un corazón limpio, de una buena conciencia y de una fe sincera" (1 Tim 1, 5). La persona inconsciente tiene poca humanidad y confunde la realidad de la vida con su egoísmo y con lo virtual.

 

Necesidad de escuchar nuestra conciencia

«Debemos aprender a escuchar más nuestra conciencia. Pero ¡atención!, esto no significa seguir el propio yo, hacer aquello que me interesa, que me conviene, que me gusta.... ¡No es esto! La conciencia es el espacio interior de la escucha de la verdad, del bien, de la escucha de Dios; es el lugar interior de mi relación con Él, que habla a mi corazón y me ayuda a discernir, a comprender el camino que debo recorrer, y una vez tomada la decisión, a ir adelante, a permanecer fiel».

Papa Francisco: Rezo del Ángelus, 30 de junio de 2013


 

lunes, 15 de septiembre de 2025

MUCHO MÁS QUE UN LIBRO: 2 ESO

MUCHO MÁS QUE UN LIBRO



Un libro, 1835 lenguas

Pere Roquet, un coleccionista de biblias, consiguió reunir 1600 ejemplares, en casi tres décadas de pesquisas, buscándolos aquí y allá por todo el mundo.
"La primera fue esta", comenta Roquet mostrando un tomo que le regaló al norte de Kenia un misionero, escrita en tukano. Ha dedicado su jubilación a localizar rarezas similares: en japonés, ilustradas, en braille, en esperanto, en worrorra..., biblias que custodian mil novecientas lenguas. "La Biblia ha sido uno de los fundamentos para conservar vivas muchas lenguas que solo eran orales", dice Pere Roquet.
Pere Roquet ya no es dueño de esta colección.
La ha cedido al Principado de Andorra porque desde el principio solo quiso preservar la palabra: la del cristianismo y la de la lengua.

La Biblia, un viaje por las lenguas del mundo.
RTVE, 28 de junio de 2019




PUNTO DE PARTIDA

  • El texto describe una exposición sobre biblias en distintas lenguas. Investiga en qué lugares y cuántas personas aproximadamente hablan las lenguas que se mencionan en el reportaje. 
  • ¿Por qué será que la Biblia está presente en todos los rincones del planeta?

INTERPRETA DESDE LA BIBLIA


¿Quién escribe este texto?

El evangelista san Lucas.

¿A quién va destinado?

A las personas que han descubierto a Jesucristo. San Lucas se convirtió al cristianismo tras su muerte y se quedó tan maravillado por todo lo que conoció sobre Él que, con la ayuda de Dios, decidió ponerlo por escrito para animar a todas las personas a seguirlo.

¿Cuándo se compuso este texto? 

Entre el año 80 y 90 después de Cristo.

Otros datos

El Evangelio de san Lucas es el más sencillo de leer. Este evangelista, a diferencia de los demás, es el único que comienza su texto ofreciéndonos datos sobre la infancia de Jesús, concentrados en los dos primeros capítulos del libro. Por eso, a los dos capítulos en los que se encuentran estos datos se les llama Evangelio de la infancia, ya que narran de forma ordenada el periodo que va desde el anuncio de los nacimientos de san Juan el Bautista y de Jesús hasta que este último llega a los doce años.

En el texto encontramos detalles curiosos, como que Zacarías, sacerdote y esposo de Isabel, prima de la Virgen María, se quedó mudo hasta el nacimiento de su hijo Juan el Bautista, debido a su falta de fe.

Igualmente, este es el único Evangelio en el que leemos el Magnificat, un cántico y oración dirigido por la Virgen María a Dios que refleja la misión de Jesús: liberar a los oprimidos e infundir esperanza a su pueblo.

Por otro lado, cada evangelista resalta un aspecto característico de Jesús. San Lucas insiste en una idea: el amor y misericordia de Dios no tiene límites, y por ello nunca rechaza a quien se quiere acercar a él, sin discriminación alguna. Además destaca que siente debilidad por los pequeños, enfermos, pobres, víctimas de injusticias, arrepentidos...; por eso a san Lucas se le conoce como el evangelista de la misericordia. Esto se ve claro en la parábola del hijo pródigo, texto que tampoco leeremos en otros Evangelios.

¿Qué nos dice este texto?

El Evangelio según san Lucas comienza con este prólogo. Siguiendo el estilo literario de los historiadores de su época, quiere dejar claro que, aunque él no ha sido testigo directo de los acontecimientos, ha tenido un cuidado especial por confirmar y reunir todas las enseñanzas transmitidas por los propios «testigos oculares y servidores de la Palabra».

Lo primero que podemos observar es que, como otros libros de la Biblia, los hechos que narran no se pusieron inmediatamente por escrito, previamente fueron transmitidos oralmente. Este fue el proceso: las personas que estaban presentes (testigos oculares) transmitían lo que habían visto, oído y sentido. Hasta que, con el tiempo, llegaba alguien que, siendo inspirado por Dios, recogía todo por escrito.

Como podemos leer, el texto está dirigido a un personaje llamado Teófilo. Sobre quién era realmente hay varias teorías. Algunos dicen que, al referirse a él con el adjetivo ilustre, hace ver que se trata de una persona importante con alto rango social.

COMPLETA LAS FRASES


La palabra de Dios en nuestras vidas

Ambón-atril madera-metal. Catedral
de la Encarnación. Granada. Siglo XX.

¡Tengo una Biblia!
 

En alguna estantería de tu casa, probablemente puedas encontrar una Biblia. Hasta hace relativamente poco esto era un privilegio de sacerdotes e investigadores.

Hoy nadie niega la riqueza literaria, social, histórico-cultural o artística que guarda. Pero por encima de todo está su valor religioso y, por ello, todos los cristianos deberíamos conocerla y comprenderla para poder descubrir, a través de sus páginas, lo que Dios nos quiere decir, Comencemos por su estructura, que se organizó en el siglo IV.

La Biblia se compone de setenta y tres libros agrupados en dos partes: Antiguo Testamento y Nuevo Testamento.

  • Los libros del Antiguo Testamento (AT)

El Antiguo Testamento cuenta con 46 libros, escritos en lengua hebrea, aramea y griega, y se pueden dividir en cinco bloques:

- Pentateuco. Son los cinco primeros libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Muestran cómo Dios intervino en las primeras etapas de la historia de la salvación: eligió a los patriarcas, llamó a Moisés, liberó a su pueblo de la esclavitud, pactó con él en el Sinaí, lo condujo por el desierto, le dio una tierra....

- Libros históricos. Narran, desde la fe, los acontecimientos que vivió el pueblo de Israel, es decir, hacen una lectura religiosa de su historia: Josué, Jueces, Samuel, Reyes, Crónicas, Esdrás, Nehemías, Rut, Tobías, Judit, Ester y Macabeos.

- Libros proféticos. En ellos encontramos las historias de los profetas: Abdías, Ageo, Amós, Baruc, Daniel, Ezequiel, Habacuc, Isaías, Jeremías, Joel, Jonás, Malaquías, Miqueas, Nahún, Oseas, Sofonías y Zacarías. Estos mensajeros de Dios juzgaban y denunciaban las malas actitudes, pero a la vez daban esperanza al pueblo y anunciaban al Mesías que vendría a liberarlos.

- Libros poéticos. Se llaman así porque están escritos en verso. Las personas se dirigen a Dios en forma de oración (Salmos), poemas de amor (Cantar de los Cantares) o queja desesperada (Lamentaciones) en la que el ser humano des- cubre su fragilidad y se encuentra de nuevo con Dios.

- Libros sapienciales. La palabra sapiencia significa sabiduría. Por ello estos libros están llenos de enseñanzas que nos ayudan a encontrarnos con Dios y alcanzar la felicidad: Job, Proverbios, Eclesiastés, Sabiduría y Eclesiástico.

  • Los libros del Nuevo Testamento (NT)

Cuenta con 27 libros. Se redactaron en griego en la segunda mitad del siglo I. Los autores seleccionaron las experiencias de las comunidades con el fin de mostrar el contenido y significado del mensaje recibido por Jesús. Se pueden dividir en:

Evangelios. Con ellos comienza el Nuevo Testamento. Narran lo que Jesús hizo y dijo. Son cuatro: Mateo, Marcos, Lucas y Juan

Hechos de los Apóstoles. En él se narran los comienzos de la Iglesia y la experiencia de sus primeros testigos, los apóstoles. 

Cartas. Pueden recibir el nombre de la comunidad a la que se dirigen o del apóstol que las escribe, Santiago, san Pedro... o san Pablo, el que más cartas escribió.

Apocalipsis. Es un texto cargado de símbolos que se escribió a finales del siglo I, en plena época de persecución cristiana. Por ello invita a la conversión y transmite un mensaje de esperanza: el mal no ha vencido, aunque lo parezca; Cristo ha resucitado y está presente en medio de la Iglesia.



IDEAS CLAVE

  • ¿Con cuántos libros cuentan el Antiguo y el Nuevo Testamento?
  • ¿Qué es el Pentateuco? ¿Qué nos muestra?
  • ¿Qué misión cumplían los profetas?
  • ¿En qué libro de la Biblia se narra el comienzo de la Iglesia que se indica en el texto?
  • ¿Qué es un hagiógrafo?
  • ¿Qué es un género literario?


Descubrimos sus claves

Para acercarnos a la Biblia, debemos tener en cuenta un documento del Concilio Vaticano II (1962-1965), la constitución dogmática Dei Verbum, la cual nos aclara una serie de aspectos.

  • Es Palabra de Dios (DV 11)

La Santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia.

Dei Verbum 11

Los libros de la Biblia fueron redactados por personas, elegidas por Dios e inspiradas para que pusieran estas verdades por escrito. A estos autores se les llama hagiógrafos y fueron instrumento de Dios porque «escribieron todo y solo lo que Él quería». Por ello la Biblia es Palabra de Dios, quien se revela a su pueblo a través de los acontecimientos y las enseñanzas que en ellas se guardan hasta mostrarse plenamente a través de Jesucristo.

  • Escrita en lenguaje humano (DV 12)

Aunque escribieron bajo inspiración divina, no se puede separar al hagiógrafo de su contexto histórico y cultural. Por ello, para poder interpretar bien el mensaje que la Biblia quiere transmitir, debemos conocer las formas de pensar, hablar o narrar vigentes en las distintas épocas.

Pero por ser Palabra de Dios en lenguaje humano, debe ser interpretada también con la ayuda de los criterios que se usan para interpretar el lenguaje humano.

Dei Verbum 12

  • Contiene distintos géneros literarios

Para descubrir la intención de los hagiógrafos, entre otras cosas hay que atender a «los géneros literarios».

Dei Verbum 12

Un género literario es una forma de clasificar un texto según su composición y estructura. Los hagiógrafos también utilizan este recurso. La Dei Verbum nos anima a conocer estos géneros para poder interpretar el mensaje de Dios:

Histórico: libros que incluyen historias reales o ficticias, relatos populares, datos informativos y biográficos. Tienen un fin religioso, por lo que destacan la presencia de Dios en la historia.

Narrativo: relatos que describen momentos o escenas donde lo importante es la enseñanza que se quiere transmitir.

Legislativo: textos que recogen las normas o preceptos del pueblo judío.

Profético: doctrina dada por un mensajero de Dios (profeta). Incluye oráculos, visiones y acciones simbólicas.

Lírico: textos poéticos que expresan sentimientos, vivencias profundas, pasión, amor..., generalmente, escritos en verso.

Sapiencial: enseñanzas cortas y sencillas, de sabios y pensadores, sobre diversas realidades de la vida y grandes interrogantes.

Epistolar: cartas para una comunidad o persona.

Apocalíptico: revelaciones obtenidas por visiones o sueños que se expresan de forma enigmática y simbólica. 

Los Evangelios tienen sus propios géneros literarios:

Parábolas: breves historias o comparaciones basadas en la vida cotidiana con un mensaje muy concreto. En ellas se puede ver que Jesús se esfuerza por adaptarse a un lenguaje sencillo para llegar mejor a quien lo escucha. Las parábolas dejan libertad para que el oyente saque sus propias conclusiones.

Discursos: palabras que Jesús dirige a sus discípulos con el fin de transmitir su mensaje. Destacan en ellos el lenguaje claro, sencillo y directo. Suelen producirse en algún lugar simbólico.

Narraciones: describen hechos, acontecimientos simbólicos o encuentros con Jesús.

Milagros: en estos relatos se presenta una necesidad, después Jesús acepta sanar o liberar a esa persona y, por último, esta acción provoca la admiración en los testigos.