lunes, 17 de abril de 2017

LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Resurrección del Señor

P. Adolfo Franco, S.J.

Juan 20, 1-9

La resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe y la ventana de nuestra esperanza.


Esta es la piedra angular de la vida cristiana, que  da consistencia a todo lo demás, como dice San Pablo en la primera carta a los Corintios (1 Cor 15, 14-22). Es algo muy grande y tenemos que fraccionarlo en aspectos para captar un poco su verdad. Cuatro aspectos traigo a la consideración: la resurrección de Cristo es un hecho, es un misterio, una fuerza y una manifestación. No pretendo reducir a sólo eso esta obra grande del Señor; pero pienso que pueden servir de pistas para nuestra reflexión.

La Resurrección de Cristo es un hecho. Es verdad ¡la muerte ha sido vencida! lo que prevalece es la vida. Al final todo lo que es muerte, dolor, fracaso, sufrimiento, todo eso acabará, porque la muerte en su huida arrastrará consigo a toda su fúnebre comparsa. Todo lo que es frustración será sustituido por plenitud, todo lo que ahora es amenaza, será sustituido por seguridad inconmovible. Ahora nos vemos atacados, sentimos nuestra fragilidad, como si estuviéramos sobre una delgada capa de hielo, pero todo esto es pasajero, porque el plan de Dios es la Vida, y de esto nos deja una firme certeza la Resurrección de Cristo.

La Resurrección de Cristo es un misterio. Decir esto no es desdibujar los contornos de esta realidad, para difuminarla en la vaguedad de las cosas irreales. Lo que queremos decir es que la Resurrección de Cristo es mucho más de lo que podemos soñar, y por supuesto de lo que podemos entender. Es, por así decirlo, como un iceberg: lo que vemos es poquísimo en comparación de lo que se nos oculta. No tenemos ni idea de lo que es de luz, de paz, de gozo, de esperanza, de alegría este hecho con que Dios cumple todas las promesas que hizo a los hombres. Y es misterio porque es una realidad asombrosa del horizonte de lo inmutable y que se nos entra en este mundo donde lo inteligible es lo que tiene peso y medida; y la resurrección no tiene ni peso ni medida.

Es también una fuerza que transforma toda la realidad. Según las afirmaciones de San Pablo toda la creación ha recibido el efecto de la resurrección de Cristo. Todas las actividades humanas tienen la posibilidad de ser obras para la vida eterna, y por tanto no son perecederas, ni sucumben a la muerte de lo que se va con el tiempo, como un soplo: la actividad del hombre, hecha en el tiempo, puede penetrar en la eternidad por la fuerza de la resurrección. Lo que hicimos no necesariamente se va al oscuro pasadizo del olvido. Además, porque Cristo ha resucitado hay personas que realizan acciones que sobrepasan las posibilidades normales de un ser humano: con la fuerza de la resurrección de Cristo han sido hechas todas las acciones verdaderamente sobrehumanas de los santos: las renuncias a lo mezquino, la entrega a los desheredados, la lucha incansable por la verdad y por el ser humano desposeído: tantas y tantas páginas heroicas han sido escritas en la Iglesia por seres (a veces anónimos) en los cuales brillaba la fuerza de la resurrección.

Es una manifestación de la divinidad de Jesucristo. Jesucristo no resucita porque alguien, fuera, en la puerta del sepulcro (como en el caso de la resurrección de Lázaro) lo llame de nuevo a la vida. Jesucristo resucita desde dentro del sepulcro, porque El mismo es Dios,  El es la Vida misma y ningún sepulcro le iba a servir de cárcel. Como la explosión de un volcán, así surge Cristo con la fuerza de su vida. Esto es lo que San Juan en el Evangelio de hoy nos dice: el sepulcro está vacío, ya no es la caja de un cadáver, sino que queda como algo inútil, la vida ha vencido para siempre.

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