martes, 10 de febrero de 2026

LA FE, UN REGALO

 LA FE, UN REGALO

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¿Ver para creer?
 
 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Jn 20, 19-29
 

¿Quién escribe este texto? 

La tradición ha identificado al autor de este Evangelio con el apóstol san Juan, el hijo de Zebedeo y de Salomé, y hermano de Santiago el Mayor.

¿A quién va destinado?

Está destinado a toda la Iglesia.

¿Cuándo se compuso este texto?

Entre los años 90 y 100 de nuestra era.

Otros datos

Este Evangelio se diferencia de los otros tres en que su intención primera es la enseñanza y no la narración de los hechos. San Juan quiere mostrarnos quién es Jesús, Dios mismo hecho hombre y cercano a todos nosotros.

A este Evangelio se le conoce también como el Evangelio espiritual porque no solo muestra los acontecimientos, sino que nos enseña a interpretarlos y vivirlos desde la perspectiva de la fe.

Su lectura ayuda a los seguidores de Jesús a conocerlo, incrementando la amistad con Él, y a animarlos para continuar en la misión de anunciar la Buena Noticia a todos los pueblos.

¿Qué nos dice este texto?

Los discípulos de Jesús, tras su muerte en la cruz, estaban asustados e incrédulos ante los hechos que estaban viviendo.

El propio texto nos dice que se habían encerrado en una casa por miedo, ya que pensaban que los judíos los iban a denunciar a las autoridades romanas por ser seguidores de un crucificado. En el fondo no confiaban plenamente en lo que Jesús les había dicho previamente: «Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver» (Jn 16, 16). Aquí el Señor les estaba hablando ya de su resurrección, de cómo la muerte iba a ser vencida por la vida.

Jesús se muestra en medio de ese miedo y, además de desearles la paz, les enseña los signos de su pasión, sus cicatrices. Es en este momento cuando ellos entienden lo que les había dicho anteriormente: «Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada» (Jn 16, 22-23).

El encuentro con Jesús resucitado es el que deja libre de toda incertidumbre a los discípulos, es el que los libera de todos los temores que sentían y les da la fuerza necesaria para continuar con alegría la misión que Jesús les había conferido.

Pero tenemos un personaje más, Tomás. Este, a pesar de que ya le habían contado lo que el resto había visto, oído y sentido, sigue en la incredulidad de no aceptar esa verdad hasta no comprobarlo por él mismo.

Jesús en este texto nos deja una enseñanza bien clara: serán bienaventurados, dichosos, todos aquellos que crean sin haber visto, sin poder tocar. Porque el tener fe en Jesús es tener confianza en que está con nosotros, con capacidad para ponerse en medio de nuestros miedos e incertidumbres, y decimos a todos «paz a vosotros.

 

Acoger lo revelado

Poner el corazón  

¿Qué es creer? Para conocer bien el significado de una palabra debemos buscar el término del que proviene, es decir, estudiar su etimología. Creer surge del vocablo latino, credere, que significa 'poner el corazón en'. Esta definición se ha ido reduciendo hasta quedarse en la aceptación de alguien o algo como cierto sin haberlo visto o comprobado.

De esta manera podemos decir que el ser humano tiene varias formas de creer: 

  • «creer que...», es decir, creer algo: creo que el examen lo he aprobado. 
  • «creer a...», es decir, creer a alguien: creo a mi amigo, él no me va a mentir. 
  • «creer en...», es decir, creer en alguien: creo en Dios que me habla. 

Esta última forma es la que se da en aquellos que aceptan una religión. El «creer en...» admite que hay un ser superior en el que confían las personas libremente. Esto las lleva a relacionarse de una manera nueva con sus semejantes y a afrontar los problemas con una nueva esperanza, es decir, «la fe mueve montañas». Por ello podemos decir que nos ayuda en nuestra manera de ser, vivir y amar a los demás y a todo lo creado.

La fe, además de ser adquirida por propia voluntad, no podemos olvidar que es un don, un regalo que Dios mismo nos ofrece. Nosotros somos libres de aceptarla o no, pero es indispensable para vivir una auténtica vida religiosa.

La fe se origina en el encuentro entre Dios y las personas. Es en la relación con la divinidad donde se encuentra la confianza y la esperanza de que un mundo mejor es posible.

Un acto voluntario

Cuando se tiene fe en alguien es porque se le quiere, se le aprecia, se confía en él o en ella. La fe cristiana consiste en amar a Dios, creerle, confiar en Él y fiarse de Él. Esta es una manera de ser, vivir y amar típica de las personas religiosas.

Muchos han aceptado la fe cristiana porque es la que les ha inculcado su familia desde pequeños. Pero otros, desde su experiencia, llegan a descubrir a Dios y a aceptarlo. Tanto de una manera como de la otra, cuando una persona acoge la fe cristiana necesita transformar su vida para que esta sea coherente con lo que hace, piensa y cree.

La fe es un acto que, como don de Dios, encuentra en Él su fundamento. En este acto es necesaria la libertad de cada uno, ya que sin esta sería una carga, un peso para la persona. 


La adhesión voluntaria a la fe implica la aceptación del mensaje de Jesús en todas sus dimensiones. La fe, como acto voluntario, se escoge personalmente, pero no se puede vivir individualmente, hay que celebrarla en comunidad, en la Iglesia, «porque una fe que no se puede compartir ni comunicar sería irracional
» (Youcat 24).

 

Mi Dios es la Santísima Trinidad

¿Te has planteado en dónde, quién, cómo ponemos nuestro corazón? Los deportistas y artistas nos hacen disfrutar con su trabajo. Pero algunas personas los ensalzan de tal manera que terminan siendo endiosados. Por otro lado, el dinero, la fama o el poder se han convertido también en objetos de culto, pero son efímeros, no aportan nada duradero.

Tener fe en Dios no nos dará la seguridad de que en toda nuestra vida vayan a abundar la riqueza, la salud o la alegría. Pero sí garantiza poder llevar una existencia con sentido que nos haga reflexionar ante los acontecimientos y descubrir en ellos el camino de nuestra aceptación.

Los creyentes, de cualquier religión, ponen su confianza en Dios sabiendo que, aunque a veces no lo sientan, está ahí y no les va a fallar. Algunos llegan a opinar que el cristianismo es una mezcla de tres dioses, pero se confunden. Nosotros, los cristianos creemos en un único Dios que a lo largo de la historia de la humanidad se nos ha ido revelando progresivamente como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esto es lo que afirmamos cuando hacemos la señal de la Cruz, por eso ponemos nuestro corazón en la Santísima Trinidad, una comunidad de amor que nos enseña cómo relacionarnos con los demás.

Dios Padre

A lo largo de todo el Antiguo Testamento, los autores nos dan pinceladas de quién es Dios, a través de frases que no aclaran mucho como «Yo soy el que soy». Dejan entrever algo, pero sin desvelarlo totalmente.

Sabemos mucho más a través de Jesús, que llama a Dios Padre con un término arameo, Abbá (papaíto). Este término muestra la confianza y la profunda e íntima relación que tiene con Él. Además, Jesús nos enseña una oración, el Padre nuestro, con la que nos indica que Dios es, también, nuestro Abbá.

Dios Hijo

Como narra el Nuevo Testamento, Dios se ha revelado a través de la vida de Jesús en nuestra historia, mostrándose como Hijo.

En los Evangelios encontramos que el centro de la experiencia de Jesús es la relación Intima que tiene con el Padre. En ellos, Él se muestra como Dios hecho Hombre e irrumpe en la cotidianidad de las personas para que estas tengan una vida llena de esperanza y libertad si se sigue el estilo de vida que nos enseñó.

Dios Espíritu Santo

El Espíritu Santo ha estado en todo momento presente en la historia de la salvación. Ya desde los relatos de la Creación se dice que Dios insufla su aliento (espíritu) en nosotros para que tengamos vida. Más tarde, san Juan el Bautista da testimonio de Jesús y del Espíritu Santo. Nos dice que es Jesús quien va a realizar un nuevo Bautismo, pero no con agua, sino con el Espíritu Santo. Este nos empapará desde dentro y será quien nos mueva a anunciar la Buena Noticia. El Espíritu está presente en toda la vida de Jesús. Antes de la Resurrección, Jesús promete que no nos dejará solas que, como Hijo, Él se va, pero enviará a su Espíritu para que esté con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Este Espíritu llegó a nosotros el día de Pentecostés, cincuenta días después de la Resurrección. Es el encargado de impulsarnos a vivir el Evangelio mostrándonos que un mundo mejor es posible. Él es quien hace presente y visible a Dios en el mundo a través de la comunidad cristiana.